Volver al asombro

Está en la naturaleza de muchas personas el querer hacer cosas especiales o ser especiales, el querer trascender y dar un sentido pleno a la vida. Un filósofo de la antigüedad, un artista, un artesano en la edad media, un místico, un gurú.

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Es curioso que las escuelas al principio consistían básicamente en el ejemplo de ese alguien que era especial, que sobrepasaba lo normal, los seguidores aprendían por el asombro que les producía el maestro. Era cosa de pocos y de grupos pequeños, algo elitista como Sócrates o Jesús con sus discípulos.

Apenas existían técnicas de enseñanza. El asombro era lo que empujaba al seguidor a emular o superar los logros del maestro. Era algo emocional y fundamentalmente una experiencia. El maestro era la escuela. Un ejemplo y una enseñanza diferente.

Es el impulso de “democratizar” la excelencia lo que hace que se desarrollen las técnicas de enseñanza. Pasados los siglos, de un reducido grupo de discípulos entregados a una tarea casi imposible, llegamos a una sociedad donde todo el mundo ha sido alumno alguna vez de un sistema de enseñanza institucionalizado y estándar.

En el origen de este sistema está la ambición de “ilustrar” a toda la humanidad. Para lograrlo el maestro ya no es lo importante, es el proceso de enseñanza el que lo es. El formador debe ser simplemente un buen canal para transmitir el “capital cognitivo”.

Hoy parece que volvemos al origen de la escuela. Se habla de motivación, como el asombro de los antiguos seguidores ante lo especial o imposible. Se habla de la experiencia, de la praxis, del aprender haciendo, de cambiar de verdad.

De una enseñanza que se transmitía casi inalterada de una generación a otra, cada escuela o cada maestro debe volver a ofrecer su solución o su camino.

El aprendizaje debe volver a ser una artesanía, no la industria que es en este momento. Nos hemos olvidamos del asombro y de dar sentido. Se trata de la vivencia del que está aprendiendo, del “iniciado”. No tiene que ver solo con un proceso.

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